El reflejo es usualmente el mismo que ha estado ahí los últimos años. Algunos detalles sobran, otros faltan, pero esencialmente la imagen es la misma que se ven todos los días y algunas tardes y noches inclusive. Las gotas de agua resbalan por ese brillo omnipresente y medio raro que está en todos lados. Las ves caer siguiendo las sinuosidades de su ruta, parándose en cada bello, retrasándose en cada hoyo.
Nadie es botellita de oro para que lo quieran, piensa. Y extraña. No extraña a nadie. No extraña algo. Se extraña a si mismo, la risa fresca y la mirada cómplice. Al rictus agradable, a la sonrisa franca. Piensa en qué momento empezó a tomar tan malas decisiones. El brillo de sus ojos delata ansiedad, obstinación, arrepentimiento, duda y - aunque parezca no tener lugar en esas circunferencias oscuras - esperanza. ¿De qué? De él mismo, aparentemente.
La línea horizontal de su boca comunica que no sabe cuándo empezó toda esta vorágine. Esta seguidilla de hechos inconexos y tan mal concatenados. Ese pasar por alto todas las reglas del humano método, ese abrazar banderas equivocadas y demorarse tanto en dejarlas. Las líneas de su frente muestran una obstinación innecesaria, merecedora - quizá - de un mejor motivo. Las huellas de su ceño delatan tristeza. Angustia. El ángulo descendente de sus cejas, inquietud. Incertidumbre. ¡Cómo odia la incertidumbre!
Algún bello blanco asoma ya en su de por si rala pilosidad. Se ve mayor de lo que es. Se le ve cansado. Harto. Quizá añora internamente el lujo de poder irse lejos - ¿más lejos aún? - a sitios poco conocidos y añorados donde pueda cortar de un sólo tajo y totalmente de cuajo esos demonios que no lo dejan tranquilo. Total - parece decir - los esenciales jamás se van a romper. Aquellos que no se rompieron aún y aquellos que no se van a romper jamás. Pero ... siempre hay un pero ... también hay miedo. Su cabello aún rebelde - increíblemente rebelde - sabe que el aislamiento no le sienta bien. Que suele echar de menos incluso lo que no debe echar de menos. Esto, aquello y lo de más allá, más acá y acuyá. De todas esas cosas, en las que se encuentran varias que quiere dejar, se encuentra cosas que sabe que va a echar de menos y que lo más doloroso de la distancia es saber, precisamente, que mientras más lejos estás es más dificil volver.
¿Y acaso por tu ausencia tus decisiones erróneas van a dejar de estarlo? ¿Acaso allá vas a encontrar algo? ¿Qué buscas? ¿A quien quieres encontrar?
A mi mismo, responde la imagen, y recién parece que estuviera viva. Que sabe que en algún lugar, en algún momento está la misma imagen, parada, esperándolo. Como cuando te espera tu padre para acompañarte a algún lado y con paciencia y cariño se entretiene mientras tu sacías tu curiosidad en aquello que te distrajo. Ya se distrajo demasiado y - en parte por el tiempo, en parte por las rémoras que inundan su vista - pareciera no encontrar el camino de retorno. El camino dónde se encontrará con su propia imagen. Aquella que no duda, aquella que no reprocha, aquella que no rezondra y que no duda. Que sabe dónde está y a dónde va.
El problema no han sido las decisiones ni los demonios. El problema es él. La imagen. Sabe que tiene que caminar pero sus piernas no se animan a moverse. Una esperanza lo ata. ¿De qué? Supérflua, fátua, fútil. Pero esperanza - ¿u obstinación? - al fin y al cabo.
El reflejo es usualmente el mismo que ha estado ahí los últimos años. Pero ahora se mueve. Te ve y recién parece notar tu presencia. - Quiero hablar - te dice. Y tu piensas "hace años que no dejas de hablar y no solucionas nada. Deberías empezar a hacer algo de lo mucho que tienes acumulado ahí". Y te alejas. Posiblemente el reflejo se mantenga ahí. Y posiblemente quiera seguir hablando cuando repares en él y te fijes nuevamente. Lo verás y pensaras: "ese reflejo es usualmente el mismo que ha estado ahí los últimos años".