jueves, 14 de febrero de 2008

Con palo no vale, Valentín.

Empecemos por la premisa principal, macho. Al igual que todo el mundo este día no me quita el sueño tal cual día. No lo hizo cuando me encontró inmerso en alguna relación y no lo hace hoy que lo paso sin estar metido en una relación. Okey. Punto uno aclarado y pasamos a lo demás.

Sin embargo me pareció que hacer un post declamando el poco aprecio que le tengo a la fecha como fecha era ir con la corriente. Me hizo recordar, como muchas cosas de la vida me hacen recordar, a una tira de Mafalda, esa donde Miguelito declara que no ve televisión por que no quiere ser un número más en las estadísticas dentro del rubro "personas que están viendo televisión en este momento" y Mafalda, aterrizadora cruel ella, le informa que ya forma parte de las estadísticas dentro del rubro "personas que no están viendo televisión en este momento". Es decir, si eres un romántico comercial y celebras 14, pasas a ser del montón aquel formado por "las personas que se compran el cuento". Y si por otro lado, no celebras 14, pasas a ser del montón aquel formado por "las personas que no se compran el cuento". Te pares dónde te pares no vas a poder asumir una postura original o diferente. Acá no hay medias tintas.

En ese orden de pensamientos, la idea de ser uno más que haga un post diciendo exclusivamente que no celebra 14 me disgustó y decidí, en un arriesgado intento de ser original, que mi blog ignore la fecha así como ignoró muchas otras. La indiferencia iba a ser el rasgo distintivo de mi opinión respecto al 14. Pero ... no sé. Cómo es la vida que justo el día de hoy, que debía ignorar, me dieron ganas - y tiempo - de postear.

Por ello es que inicio el problema proclamando mi posición y definiendo en qué pelotón escojo estar para agotar ese tema ahí y no hacer de este post justamente aquello que no quería hacer.

Hoy mientras regresaba del Callao, a dónde tuve que ir por una incómoda diligencia, me puse a pensar en la celebración que exultaba la ciudad. Ya habían orgullosas mujeres con globos de todo tamaño, forma y color y algunas flores. Pensando en lo incómodo que debe resultar caminar por la La Marina a las cinco de la tarde cargando un ramo de rosas y con toda una tarde planeada por delante me di cuenta que en mi no queda ni una sola gota de nostalgia - ¿Será líquida la nostalgia? - por esos trances. Hasta se podría decir que estoy algo aliviado de no tener que participar del rito.

Son pocas las veces que regalé flores, no llegarán a diez. Pero, por el contrario, cada flor regalada significó todo lo que una flor puede significar. Regalé rosas principalmente, pero también claveles y girasoles. Nunca lo hice por el nimio hecho de "tener un detalle" sino que lo hice por que me nació de la entraña. Y si bien de chiquillo intenté ser un estilo de romántico clásico, la persona que me sufrió en esa época podrá dar fe que fueron intentos terribles, acartonados y poco eficaces. Claro que eso no quita que la ternura provoque una sonrisa cuando recuerdas, luego de diez años, aquellas torpezas. Y es que esa es la palabra. A mi estas cosas premeditadas, preplaneadas, canonizadas, me hacen actuar torpemente por que limitan al máximo la pobre capacidad de improvisar que tengo. Con todas esas termino actuando con la ternura y el romanticismo de Robocop.

Es me hace recordar otra cosa y es aquella vez que paseando por Larcomar con mis padres - sólo con la visita regular de mis padres iba a Larcomar, lugar que suelo evitar constantemente - vi a una joven parejita sentada en una de esas mesas que están no dentro del restorán sino afuera, en la plaza donde la gente camina. Ni el muchacho ni la niña tendrían aún 18 años, la bisoñéz se les notaba en los ojos, en las manos, en el nerviosismo. Pero tal parece que el muchacho - o la muchacha - se había esmerado y había roto la billetera por que estaban sentados en el Mangos ante una mesa pequeña suculentamente servida. El tenía un plato de Lomo o Cuadril - no recuerdo bien - y ella luchaba con un gran club sandwich que evidentemente no quería. La cara de compromiso en ambos era grande como la mar. Ella másticaba y en cada movimiento se notaba que maldito si quería comerse ese tremendo sandwich y que sólo lo hacía por que no se atrevía a rechazar la invitación. Y él comia preocupado sin saber qué se estaba comiendo y sintiendo la enormidad de la evidencia que su parejita estaba igual de incómoda que él. Yo sonreí por la lástima que me inspiró. Tener la certeza de que ellos entraron a comer ahí no por que realmente quisieran comerse algo ahí sino por la idea vertida de que, para celebrar lo que fuese que estaban celebrando, tenían que ir a comer a algún sitio especial y romper la exigua billetera para ello. Seguir el manual de Becker, que de rimas sabría algo pero de gileo hace rato que dejó de funcionar.

Y es que a veces, macho, uno da las cosas por sentadas. Cuando me dijeron alguna vez que no importaban las celebraciones prefabricadas, dí por sentado que no iban a haber celebraciones prefabricadas. Grande fue mi sorpresa cuando, tiempo despues, me reclamaron precisamente por la ausencia de celebraciones prefabricadas. Y mayor aún fue mi indignación cuando todo el mundo - menos yo - sabían que "no me importan las celebraciones prefabricadas" significa en realidad "en esas celebraciones prefabricadas tienes que sorprenderme para que terminemos celebrando prefabricadamente". Lo cual me vuelve a hacer pensar que alguien tendría que escribir el diccionario "Mujer - Castellano, Castellano - Mujer".

Al inicio, lo escueto de mi billetera durante mi adolescencia hizo que los 14 de febreros sean fechas de paseo cerca de la casa de quien me padeció. Un año fue bacán, al año siguiente fue ya no tan bacán. Al tercero ya fue monse. El cuarto no llegó por que las cosas tuvieron su partida de defunción definitiva días antes de la fecha aunque, tú lo sabes, las cosas llevaban varios meses en UCI. Ese año el 14 lo pasé jugando taco con los muchachos.

La siguiente vez me hicieron un regalo simpaticón. Simple y bonito que guardé durante muchos años. Regalito que me agarró con las manos vacias y que motivó que, meses despues, ordenara mi primer Rosatel - uno de esos que realmente significaban lo que querían decir -. La inocente tarjeta de cartulina estuvo entre mis libros durante muchos años hasta que el temor a unas manos demasiado curiosas y a una furia descontrolada me hizo tomar la decisión dolorosa de tener que deshacerme de la tarjeta. Y es que para mi las sonrisas de la memoria no tienen por que interferir con lo que siente el corazón. En fin. Al año siguiente, siguiendo lo que aparece ser una costumbre mía, el tema se cerró días antes de la fecha.

De ahí pasé muchos años en blanco. Y cuando tuve de nuevo la posibilidad de pasar un 14 acaramelado - aunque sin celebración prefabricada - el trabajo, disfrazado de un amigabilísimo rostro delgado y barbado y a quien aprecio mucho más de lo que parece, me comunicó que tenía que irme, literalmente, a la frontera norte del país. La tarde de ese 14 lo pasé en la sala de embarque 18 del terminal de vuelos nacionales esperando que a las 5:45 saliera el vuelo rumbo a Tumbes. En Tumbes la plaza de armas estaba copada de gente. Parecía que todo Tumbes estaba allí, dando vueltas, riendo, conversando. Yo salí del hotel y me dí un par de vueltas extrañando mi casa más que a mi pareja. Luego me colgué un ratito del teléfono y mandé nostalgias por el hilo. De este 14, en el que no vi a mi pareja de entonces, mantengo el segundo regalo que recibí. Una tierna escultura de biscuit a quien, con los amigos de la oficina, apodamos como "El Cachetón" y que desde entonces reside en mi oficina y me mira desde lo alto del librero que tengo a la espalda.

En el último 14 de febrero que pasé recibí el tercer regalo de esta torpe historia. Iniciando el primer tiempo, Carlos Orejuela marcó el único gol de Sporting Cristal que así vencía a Sport Boys de visitante. Ese fue mi regalo. Lo grité. Claro que lo grité. Luego intenté arreglar los problemas que, a pesar de no estar planeados, nacieron de genial manera mucho antes incluso del gol de Cristal. Ese día los problemas y la pelea nacieron casi desde el saludo y es que hay días que están puestos ahí para que una pareja se pelee. No recuerdo en qué terminó todo. Quiero creer que se arreglaron los problemas y la noche terminó bien pero, en verdad, no recuerdo. Tal vez el nudo del asunto fue por que ella esperaba que sorprenda y yo, como ya confesé, dí por sentado que eso no era necesario. En fin.

Nunca he dicho que soy un sujeto ejemplar. Por el contrario, siempre he reconocido que suelo ser ... torpe. Aunque algunas veces lo soy más de lo debido o lo prudentemente correcto. Por eso hay veces que me pongo a hablar de la divina providencia cuando sólo quieren que me calle y escuche. En fin. Lo bueno es que me doy cuenta, peor sería si siguiera viviendo en la inopía y la inconsciencia creyendo que todo lo malo que pasa es por que soy salado o por que todo el mundo se confabula para engañarme cual genio maligno cartesiano.

Este año, fiel a mi "costumbre", el tango se acabó semanas antes de la fecha. Por eso este 14 lo voy a pasar trabajando y esperando que sea ya 16, día en que me voy a reencontrar con el amor de mi vida. Y por mientras, los dos goles que hasta ahora ha marcado el Cienciano me sirven para mantener la sonrisa en el rostro.

Aunque, ahora que lo pienso detenidamente, este 14 si tengo alguna nostalgia. Tengo nostalgia del siguiente pecho femenino que sostendré en mis manos y besaré mientras unos labios ansiosos como los mios musiten en mi frente que me permiten estar ahí, a pesar de mi torpeza, por que creen y sienten que para ambos es ese el mejor lugar donde tengo que estar.

Largo el post ¿no? Y bueno, tenía ganas de escribir.

Que la pasen bien y eviten las aglomeraciones, feliz 14! Digo, es un decir.

1 comentario:

Angieypunto dijo...

No puedo creerlo, eso quiere decir que casualmente yo me he topado siempre con hombres que jamás regalan flores!! Porque la verdad no pensé que tenías el tipo de quien las regala. Ok, pero quien soy yo para decir eso si nunca me dieron una snif.
No valen las que regalan los amigos, los compañeros de trabajo ni los familiares.

Es una joda querer ir contra la corriente porque finalmente igual estas encasillado y hasta te hace pensar que tal vez tu seas el del problema.
Yo tampoco celebro na. Bueno, ahora menos, no hay con quien ja!

Saludos